jueves, 10 de noviembre de 2011

¿Paz en el mundo?



Como bien es sabido en toda España, no hace mucho se dio lugar el debate político entre los dos candidatos a la presidencia española. Aun así, ¿existe realmente un debate político en España? Obviamente, entre los que se dedican a esta profesión, sí –aunque a veces se aleje de su verdadero fin–. Y el resto de ciudadanos, ¿debate sobre este tema?, ¿reflexiona para decidir su voto? ¿Puede una persona de izquierdas darle su voto a la derecha sin saberlo, por desconocer el carácter de sus ideales –y por desconocer muchos otros temas–? Claramente, sí. Es más, ése será el denominador común en todas las Comunidades Autónomas en las siguientes elecciones. La frase más dicha estos días anteriores a las elecciones es: “Como con uno nos ha ido mal, que les den y votaré al otro”. Es en estas palabras –pronunciadas desde la ignorancia– donde nace la falta de coherencia con uno mismo. Es por esta frase que un ciudadano de izquierdas votará a un partido cuyas primeras medidas serán homófobas y dirigidas a la privatización de servicios públicos.
Los políticos y personas de poder conocen muy bien esta “cómoda” ignorancia para la ciudadanía, este “cómodo” dejarse llevar, y poseen retorcidas y silenciosas estrategias para sacar partido de ello. Y es que en la actualidad, ¿quién levanta la vista de su ombligo?, ¿quién busca verdaderamente ese “bien común” tan preciado en la Grecia antigua? Un clarísimo ejemplo de ese egoísmo y de ese “pisotear al prójimo” se puede hallar en el candidato popular, Mariano Rajoy; este señor defiende su candidatura asegurando que él posee la clave para el cambio en España, que si es nombrado presidente de España, la situación cambiará. ¿Y cuál es el porqué de la afirmación sobre el señor Rajoy? Sencillo. Si de verdad poseyera la solución para atisbar por fin la luz al final del túnel y realmente desea, como él alardea, el bien al pueblo español, se habría reunido con el actual presidente para mostrarle esa “fórmula mágica”. No obstante, durante todo el período de crisis, no se ha publicado ninguna noticia sobre una reunión de estos dos políticos para compartir ese secreto revelado. ¿Por qué? Sencillo de nuevo. El señor Rajoy –como otro cualquier político o persona de poder– debe asegurarse su puesto en la presidencia pisoteando a la competencia y abusando de la ignorancia generalizada. Es más sencillo prometer vanidades y vender falsas ilusiones.
Todo lo expuesto hasta aquí se resume en dos ideas claras: la ignorancia y el egoísmo como rey y reina de las motivaciones de las personas.
El masculino de ese matrimonio real es el protagonista del último punto a tratar de este ensayo. Este rey de las axiologías actuales es el culpable de la ruptura de la paz económica instaurada hasta el principio de la tan ya conocida crisis mundial. Tales y tan avariciosos son los antojos del rey egoísmo, que el sólo egoísmo de una o dos personas de una sola empresa de un sólo país, ha llevado a la quiebra a millones de personas en millares de empresas en decenas de países.
Nosotros, como jóvenes veinteañeros, no sabemos cuál es la clave para alcanzar la paz en el mundo; aun así, hay una idea que sí nos es evidente: el egoísmo no es el camino, como se ve en el anterior ejemplo real. Algo también claro es la lejanía de la paz mundial: el egoísmo todavía intoxica demasiado a las personas, desde el caso español hasta los Señores del petróleo, pasando por cualquier entidad bancaria, gobierno u hogar del mundo.
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miércoles, 9 de noviembre de 2011

El tipo de familia no altera el producto

El tipo de familia no altera el producto
La familia siempre se ha considerado clave y constituyente básico de una sociedad. Tal es así que se describió, según la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como “el elemento natural y fundamental de la sociedad, con derecho a la protección de la sociedad y del Estado”.
Tal relevancia es atribuida al seno familiar por su riqueza en los recursos que la persona necesita para crecer y madurar, y por ser donde la libertad puede expresarse en su totalidad. El hombre es un ser compuesto por varias dimensiones perfectibles: afectiva, social, corporal... Todas ellas se ven nutridas en la familia –en mayor o menor medida según edades; pero siempre pueden verse satisfechas en el seno familiar–.
Desde hace ya miles de años, el ser humano ha pasado de vivir en pequeños clanes a vivir en sociedades casi globales. El entramado de familias y sus interacciones forman las relaciones sociales. A su vez, la familia interactúa con el Estado y éste interacúa con aquélla; se puede afirmar, pues, que las familias dependen del Estado y viceversa, consiguiendo ambos lo que necesitan del otro.
Según sean las familias, de una forma u otro serán las sociedades; si esto es así, unas u otras serán las decisiones del Estado. Como se ve, el comportamiento de un gobierno y de una sociedad dependen enteramente de las familias. Podría afirmarse que las partes determinan el total. Esto justifica claramente el carácter “fundamental” que la Declacración Universal de los Derechos Humanos les otorga.
Resulta obvio que cada persona es única e irrepetible. Cuando se juntan dos individuos para formar una familia, el carácter único e irrepetible de los componentes pasa a formar parte del todo. De ahí que se pueda afirmar también que las familias son todas diferentes –aunque sí pueden compartir rasgos–.
Tomando como criterio las características de las personas, las familias se pueden clasificar de diversos modos: familia nuclear (madre, padre), familia monoparental (uno solo de los padres y descendencia), familia homoparental (pareja homosexual y descendencia adoptada), familia ensamblada (agregación de dos o más familias)...
Ciertamente cada persona posee una dignidad que no le puede ser arrebatada. Y como ocurre con el carácter único e irrepetible anteriormente comentado, la dignidad de los componentes también pasa a formar parte del todo. De este modo obtenemos familias monoparentales u homosexuales igualmente dignas que las compuestas por una mujer y un hombre.
Me gustaría concederme a mí mismo una pequeña licencia para detenerme en este punto sobre la dignidad e implicarme con el fin de recalcarlo. Las familias monoparentales y las homsexuales, por mucho que se sea reacio –sobre todo con la segunda–, siguen siendo igualmente dignas, respetables e igualmente merecedoras de la protección del Estado. Si recurrimos a la definición dada más arriba de que la familia es relevante “por su riqueza en los recursos que la persona necesita para crecer y madurar, y por ser donde la libertad puede expresarse en su totalidad”, pueden otorgárseles a las familias monoparentales y homosexuales iguales derechos –y deberes– que las formadas por un hombre y una mujer. La descendencia que se críe en estos senos familiares, al igual que en los heterosexuales, recibirán todo lo que necesiten para crecer: una educación, comida, afecto, etc...
Me atrevería a decir que estos dos tipos de familias –monoparental y homosexual– podrían ejercer mejor su papel que algunas heterosexuales en las que se ve machismo, violencia de género, frialdad, superficialidad... Obviamente, los dos últimos términos también podrían ocurrir en una familia monoparental u homosexual; no obstante, no se debería a que la pareja sea del mismo sexo o sólo haya una figura de referencia para la descendencia, sino que se debería a que las familias –de cualquier tipo– están formadas por personas, con un pasado, una historia, una educación que los ha configurado así.
Desde siempre, y bajo una visión influenciada por la religión, se han despreciado a las familias monoparentales y a las homosexuales, seguramente porque en otro tiempo, con otra configuración social, no eran familias procreadoras, por lo que no generaban ni mano de obra ni siervos ni nada –una mujer y su hijo no podrá procrear nunca si no es “en pecado extramatrimonial”, y dos hombres nunca podrán procrear–. Desde siempre y en todos los lugares, “por dinero baila el perro”, por lo que estos tipos de familia han sido tachadas de muy diversos nombres, como antinaturales, –a pesar de estar formadas por personas con dignidad–.
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En busca de la felicidad


Estilos de vida: como estas tres palabras propiamente indican, “estilos de vida” hace referencia a la forma de vivir. Se escribe en plural porque existen tantas maneras de vivir como personas –aunque también es cierto que un grupo de individuos puede compartir un estilo de vida parecido–.
¿Y para qué vive el ser humano? ¿Qué busca? La gran mayoría, desde los ciudadanos de a pie hasta los expertos, afirmarían con total rotundidad que el fin de la vida es la búsqueda de la felicidad. ¿Y cómo se halla? Precisamente un estilo de vida es un medio para ello. Por lo tanto, podrían analizarse distintas formas de vivir.
Existe, pues, un estilo de vida, una búsqueda de la felicidad basada en el “aquí y ahora”. Consiste en darse a placeres inmediatos, dejarse llevar por las apetencias, que suelen ser materiales pues cuestan menos esfuerzo alcanzarlos que los espirituales. Estas personas merman su libertad y hacen un mal uso o un uso limitado de ella; al centrarse en el presente, son incapaces de embarcarse en proyectos personales y de comprometerse –si acaso, podrán construir algún efímero proyecto a corto plazo–. Esto puede darse, en parte, por dos motivos: el primero es una mala o débil educación del ámbito de lo personal; el segundo, un cansancio de las consecuencias que los actos libres acarrean.
Hay quien podría calificar lo anterior descrito como “falsa felicidad”. No obstante, ¿quién es más que un otro para tachar de falso el estilo de vida ajeno? Si existe la popular locución latina “carpe díem”, será porque a alguien le hizo y le hace realmente feliz vivir así.
Otro estilo de vida, relacionado en cierto modo con el previo, también basa la felicidad en lo material. No obstante, a diferencia del anterior, éste no busca el “aquí y ahora”, sino que intenta llenar el vacío interior con objetos. Es la clase de personas que creen que la felicidad es extrínseca, que llega de fuera, y no que es un proyecto personal.
Un tercer estilo de vida es aquél que basa la búsqueda de la felicidad en la fe –no sólo religiosa–. Hay quienes encuentran el motor de su existencia en el confiar en la vida, sin incluir a ningún ser divino, y esa confianza les otorga una visión abierta y optimista. No obstante, esta postura puede verse contaminada por otras más pesimistas y más superficiales. Ante estas “crisis”, la persona con fe puede resistir, ser cada vez más fuerte y sentirse cada vez más feliz; o puede verse intoxicada por el resto de conductas y perder esa apertura de miras.
Dentro del tercer estilo de vida, por último, se encuentran las personas que confían en la vida y en un ser superior. Al igual que los creyentes en la vida –pero no en una deidad–, también se enfrentan a otras posturas que pueden fortalecerlas o quebrarlas.
Como ocurre en todos los estilos de vida, siempre existirá quien critique la manera de vivir del prójimo –“Dios no existe”, “lo material no es suficiente”, etc–. Sin embargo, el ser humano es un ser complejo y compuesto por diversas dimensiones; por ello, pueden encontrarse a lo largo de la historia y en diversas culturas distintas interpretaciones de la felicidad –y más cuando entra en juego la subjetividad–. Ninguna de ella es mala ni ninguna es buena en sí; todas tienen su pros y sus contras.
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"Juventud, divino tesoro"


“Juventud, divino tesoro”. Qué frase tan acertada. Bien conocía Darío el valor de esta efímera cualidad. Tal es su estimación, que su búsqueda ha inspirado infinidad de historias y leyendas, y ha llevado a más de uno a pagar enormes cantidades de dinero.
Y es que la juventud es como un diamante en bruto: tan preciado, que se transporta a bordo de navíos lo más robustos posible desde pequeñas islas hasta inmensos continentes, donde tomarán forma y serán engarzados en alguna joya.
No obstante, siempre se forman esas habituales tormentas que desafían la seguridad de los barcos y los hace temblar. Sólo las naves con las infraestructuras más resistentes siguen adelante; el resto son arrastradas, junto con los tesoros, a la oscuridad de las profundidades. Alguna de estas maravillas no volverán a ver la luz nunca más; otras podrán correr la buena suerte de ser encontradas, limpiadas y de formar parte de la joya para las que estaban destinadas.
Esta metáfora sirve para ilustrar de una manera sintética la situación actual de la gente joven. Todos conocen lo bueno de la juventud; por eso lloran su pérdida con el paso del tiempo, aun cuando no quieren hacerlo. Es bien sabido que los jóvenes toman su forma definitiva en un contexto, transportados por un muy pensado sistema educativo que busca “engarzar” jóvenes en la sociedad.
Pero como ilustraba la metáfora, los diamantes pueden ser agitados por tempestades, por los vientos de la eterna inmadurez, el egoísmo y la cobardía. Tan diversas pueden ser las tormentas que hagan naufragar el navío, como diversos son los puntos cardinales.
Posiblemente la pregunta que surja ahora sea: ¿y qué ocurre cuando una nave arrastra a los diamantes al fondo del mar? Cuando esto sucede, nadie los pule.
Cuando la sociedad entera está dañada, es obvio que las familias que la forman también lo están. Y si esto ocurre, no hay sistema educativo capaz de hacerse cargo de esos jóvenes. Si las tormentas acompañan a los diamantes desde un puerto hasta el otro, no existe nave capaz de soportar azotes tan persistentes.
El problema de los jóvenes extraviados –hoy, la gran mayoría– es que no son capaces de entender y poner en práctica la dicotomía pensamiento-vida; no son capaces de pensar lo que viven, ni de vivir lo que piensan. Rompen el círculo al desarrollar una aversión a pensar, a “rallarse”.
Esto es así por la cobardía y la falta de compromiso de la actual juventud. Todos ellos “pasan por la vida”, buscando la superficialidad, la mera supervivencia y la instantánea satisfacción de necesidades, sin plantearse siquiera cuestiones más profundas, como el porqué de las cosas.
Como ya se ha dicho, una de las razones de esta resistencia al pensamiento es la cobardía, o mejor dicho, el miedo a enfrentarse a uno mismo e inmadurez para la confrontación. Cuanto más discurre y analiza una mente, mayores son las ansias de conocer. Tal es así, que llega un momento en el que el objeto de análisis es el propio yo. Uno puede llegar a descubrir cosas que hasta entonces habían pasado desapercibidas; y no en todas las ocasiones se hallan novedades agradables sobre uno mismo. Es ese tan frustrante instante el que tanto asusta a los jóvenes, pues no hay peor castigo que conocer tus debilidades, no aceptarlas y no gustarte por ellas. Por esta razón, el pensar es evitado a toda costa.
¿Y qué ocurre cuando no se usa la mente? Siguiendo la “ley del uso y desuso” de Lamarck, se puede afirmar que ese órgano queda mermado. Claramente, la mente seguirá madurando fisiológicamente, permitiendo al individuo adquirir nuevas habilidades. No obstante, a lo que a pensamientos más trascendentales se refiere, este órgano queda debilitado.
Esta debilidad de espíritu –como algunos autores remarcarían– explica la impaciencia y el egoísmo característico de los jóvenes. Se quedan en la etapa egoísta del “yo” por la que todo pequeño pasa.
Para esta juventud el tiempo pasará y se transformarán en los “adultos” que muevan la sociedad. Esta generación dará paso a una nueva, una que tendrá por padres y abuelos a “niños grandes”. Y así, nuevos diamantes en brutos serán lanzados a la mar.
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