miércoles, 9 de noviembre de 2011

"Juventud, divino tesoro"


“Juventud, divino tesoro”. Qué frase tan acertada. Bien conocía Darío el valor de esta efímera cualidad. Tal es su estimación, que su búsqueda ha inspirado infinidad de historias y leyendas, y ha llevado a más de uno a pagar enormes cantidades de dinero.
Y es que la juventud es como un diamante en bruto: tan preciado, que se transporta a bordo de navíos lo más robustos posible desde pequeñas islas hasta inmensos continentes, donde tomarán forma y serán engarzados en alguna joya.
No obstante, siempre se forman esas habituales tormentas que desafían la seguridad de los barcos y los hace temblar. Sólo las naves con las infraestructuras más resistentes siguen adelante; el resto son arrastradas, junto con los tesoros, a la oscuridad de las profundidades. Alguna de estas maravillas no volverán a ver la luz nunca más; otras podrán correr la buena suerte de ser encontradas, limpiadas y de formar parte de la joya para las que estaban destinadas.
Esta metáfora sirve para ilustrar de una manera sintética la situación actual de la gente joven. Todos conocen lo bueno de la juventud; por eso lloran su pérdida con el paso del tiempo, aun cuando no quieren hacerlo. Es bien sabido que los jóvenes toman su forma definitiva en un contexto, transportados por un muy pensado sistema educativo que busca “engarzar” jóvenes en la sociedad.
Pero como ilustraba la metáfora, los diamantes pueden ser agitados por tempestades, por los vientos de la eterna inmadurez, el egoísmo y la cobardía. Tan diversas pueden ser las tormentas que hagan naufragar el navío, como diversos son los puntos cardinales.
Posiblemente la pregunta que surja ahora sea: ¿y qué ocurre cuando una nave arrastra a los diamantes al fondo del mar? Cuando esto sucede, nadie los pule.
Cuando la sociedad entera está dañada, es obvio que las familias que la forman también lo están. Y si esto ocurre, no hay sistema educativo capaz de hacerse cargo de esos jóvenes. Si las tormentas acompañan a los diamantes desde un puerto hasta el otro, no existe nave capaz de soportar azotes tan persistentes.
El problema de los jóvenes extraviados –hoy, la gran mayoría– es que no son capaces de entender y poner en práctica la dicotomía pensamiento-vida; no son capaces de pensar lo que viven, ni de vivir lo que piensan. Rompen el círculo al desarrollar una aversión a pensar, a “rallarse”.
Esto es así por la cobardía y la falta de compromiso de la actual juventud. Todos ellos “pasan por la vida”, buscando la superficialidad, la mera supervivencia y la instantánea satisfacción de necesidades, sin plantearse siquiera cuestiones más profundas, como el porqué de las cosas.
Como ya se ha dicho, una de las razones de esta resistencia al pensamiento es la cobardía, o mejor dicho, el miedo a enfrentarse a uno mismo e inmadurez para la confrontación. Cuanto más discurre y analiza una mente, mayores son las ansias de conocer. Tal es así, que llega un momento en el que el objeto de análisis es el propio yo. Uno puede llegar a descubrir cosas que hasta entonces habían pasado desapercibidas; y no en todas las ocasiones se hallan novedades agradables sobre uno mismo. Es ese tan frustrante instante el que tanto asusta a los jóvenes, pues no hay peor castigo que conocer tus debilidades, no aceptarlas y no gustarte por ellas. Por esta razón, el pensar es evitado a toda costa.
¿Y qué ocurre cuando no se usa la mente? Siguiendo la “ley del uso y desuso” de Lamarck, se puede afirmar que ese órgano queda mermado. Claramente, la mente seguirá madurando fisiológicamente, permitiendo al individuo adquirir nuevas habilidades. No obstante, a lo que a pensamientos más trascendentales se refiere, este órgano queda debilitado.
Esta debilidad de espíritu –como algunos autores remarcarían– explica la impaciencia y el egoísmo característico de los jóvenes. Se quedan en la etapa egoísta del “yo” por la que todo pequeño pasa.
Para esta juventud el tiempo pasará y se transformarán en los “adultos” que muevan la sociedad. Esta generación dará paso a una nueva, una que tendrá por padres y abuelos a “niños grandes”. Y así, nuevos diamantes en brutos serán lanzados a la mar.
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