Estilos de vida: como estas tres
palabras propiamente indican, “estilos de vida” hace referencia a
la forma de vivir. Se escribe en plural porque existen tantas maneras
de vivir como personas –aunque también es cierto que un grupo de
individuos puede compartir un estilo de vida parecido–.
¿Y para qué vive el ser
humano? ¿Qué busca? La gran mayoría, desde los ciudadanos de a pie
hasta los expertos, afirmarían con total rotundidad que el fin de la
vida es la búsqueda de la felicidad. ¿Y cómo se halla?
Precisamente un estilo de vida es un medio para ello. Por lo tanto,
podrían analizarse distintas formas de vivir.
Existe, pues, un estilo de vida,
una búsqueda de la felicidad basada en el “aquí y ahora”.
Consiste en darse a placeres inmediatos, dejarse llevar por las
apetencias, que suelen ser materiales pues cuestan menos esfuerzo
alcanzarlos que los espirituales. Estas personas merman su libertad y
hacen un mal uso o un uso limitado de ella; al centrarse en el
presente, son incapaces de embarcarse en proyectos personales y de
comprometerse –si acaso, podrán construir algún efímero proyecto
a corto plazo–. Esto puede darse, en parte, por dos motivos: el
primero es una mala o débil educación del ámbito de lo personal;
el segundo, un cansancio de las consecuencias que los actos libres
acarrean.
Hay quien podría calificar lo
anterior descrito como “falsa felicidad”. No obstante, ¿quién
es más que un otro para tachar de falso el estilo de vida ajeno? Si
existe la popular locución latina “carpe díem”, será porque a
alguien le hizo y le hace realmente feliz vivir así.
Otro estilo de vida, relacionado
en cierto modo con el previo, también basa la felicidad en lo
material. No obstante, a diferencia del anterior, éste no busca el
“aquí y ahora”, sino que intenta llenar el vacío interior con
objetos. Es la clase de personas que creen que la felicidad es
extrínseca, que llega de fuera, y no que es un proyecto personal.
Un tercer estilo de vida es
aquél que basa la búsqueda de la felicidad en la fe –no sólo
religiosa–. Hay quienes encuentran el motor de su existencia en el
confiar en la vida, sin incluir a ningún ser divino, y esa confianza
les otorga una visión abierta y optimista. No obstante, esta postura
puede verse contaminada por otras más pesimistas y más
superficiales. Ante estas “crisis”, la persona con fe puede
resistir, ser cada vez más fuerte y sentirse cada vez más feliz; o
puede verse intoxicada por el resto de conductas y perder esa
apertura de miras.
Dentro del tercer estilo de
vida, por último, se encuentran las personas que confían en la vida
y en un ser superior. Al igual que los creyentes en la vida –pero
no en una deidad–, también se enfrentan a otras posturas que
pueden fortalecerlas o quebrarlas.
Como ocurre en todos los estilos
de vida, siempre existirá quien critique la manera de vivir del
prójimo –“Dios no existe”, “lo material no es suficiente”,
etc–. Sin embargo, el ser humano es un ser complejo y compuesto por
diversas dimensiones; por ello, pueden encontrarse a lo largo de la
historia y en diversas culturas distintas interpretaciones de la
felicidad –y más cuando entra en juego la subjetividad–. Ninguna
de ella es mala ni ninguna es buena en sí; todas tienen su pros y
sus contras.

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